«A mí, la devoción a la Santa Muerte me la recomendó mi comadre (...) ya le puse su altarcito y todos los días le pongo su tequilita y su cigarrito (…) es rete-milagrosa y yo no la dejo ni aunque me lo diga el Papa…». Con estas palabras concluía doña Merceditas la entrevista que le hice en el popular «barrio bravo de Tepito» con motivo de un trabajo periodístico. Esta última frase quedó «rezumbando» en mi cabeza por varios días.

Amarres, brujería, buenas vibras, curaciones a control remoto, horóscopos, lectura de cartas, café, tarot, fetichismo, güija, santería, exorcismos, magia blanca y negra, etcétera… todo se «vende muy bien» en el «mercado de la religiosidad popular». Resulta fácil criticar estos fenómenos seudo-religiosos y hasta «satanizar» a las personas que se dedican a esto, sin embargo, pocas veces nos preguntamos: ¿Por qué la gente se aleja de nuestra Iglesia?, ¿por qué no encuentra lo que busca?, ¿será que no sabemos –como comunidad de creyentes– presentar el mensaje evangélico como atractivo, profundo y liberador?, ¿qué tanto somos culpables (todos) de que esto suceda?

Si por «espiritualidad» entendemos «vivencia coherente de lo que se cree», la religiosidad popular –con sus propios medios– busca precisamente eso: vivir la dimensión de «comunicación» con lo sobrenatural y lo divino en todos los aspectos: alma y cuerpo, pensamiento y voluntad, sentimiento y racionalidad.

Esquila Misional, consciente de su vocación formativa y crítica, ofrece a nuestros lectores en este número una reflexión contextualizada de los retos que presentan para nuestra Iglesia los nuevos movimientos religiosos populares, con la convicción de que estos también pueden ser una valiosa «oportunidad» para el trabajo misionero, sobre todo para regresar a los orígenes y esencia de nuestra fe, es decir, para recuperar nuestra identidad cristiana.

Estamos al inicio de una nueva era: la era en que ya no seremos mayoría como católicos; el tiempo en que las religiosidades sincréticas se impondrán cada vez más, el momento en que tendremos que volver a proponer, con humildad y sencillez, la especificidad de nuestra fe. Éste es el inicio de nuestra modesta contribución como misioneros «enraizados» en el hoy del mundo y de la Iglesia.

Estamos en camino.