Por: Mons. Vittorino Girardi Stellin, mccj

Obispo Emérito de la Diócesis de Tilarán Liberia

Una mirada retrospectiva: Para cuantos hemos podido participar en algún COMLA-CAM, no nos resulta nueva esta afirmación: «los misioneros que llegaron de Europa nos enseñaron a ser cristianos, pero no nos enseñaron a ser misioneros».

1. Obviamente, la expresión no puede ser asumida sin salvedades, sin embargo, es notable la parte de verdad que encierra y, de algún modo, da razón del retraso de nuestra Iglesia Latinoamericana y del Caribe, con respecto a la comprensión de que no cabe ser cristiano sin ser misionero, y serlo ad intra y ad extra, con el compromiso de pasar más allá de las fronteras, a «la otra orilla». Nos lo recordaba en Aparecida, el papa Emérito Benedicto XVI: «ser cristiano y ser misionero son como las dos caras de la misma medalla» (Discurso Inaugural, 3).

Hay que reconocerlo: estamos en retraso, particularmente con respecto a la que es el «paradigma» de toda la actividad eclesial, a saber, la «misión ad gentes». Lo confirma una simple comparación con las iglesias jóvenes de África subsahariana, mucho más jóvenes que las nuestras, pero con un impulso misionero ad gentes claramente mayor. Lo mismo acontece con algunas iglesias del sur de Asia, como es el caso de Corea del Sur que, con relación al número de católicos, es la iglesia con mayor número de misioneros ad gentes.

Por iniciativa de la Santa Sede, en 1955, tuvo lugar la primera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Río de Janeiro. En el documento conclusivo, los Obispos (por insinuación del Delegado Pontificio en la Conferencia, el cardenal Adeodato Giovanni Piazza) solicitaron que se constituyera el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), que se estableció finalmente en Bogotá (Colombia).

La Conferencia de Río de Janeiro de 1955, ha sido la primera reunión general de obispos Latinoamericanos desde el Concilio Plenario de Roma de 1899. No cabe duda: Río de Janeiro marcaría el inicio de un caminar más unitario para enfrentar los nuevos desafíos de la Iglesia en América Latina y el Caribe.

El Papa, el Siervo de Dios Pío XII, se hizo presente en la Asamblea de Río por medio de su carta Ad Ecclesiam Christi, del 29 de junio de 1955.

El Papa, impresionado por su visita a América Latina, y más concretamente a Buenos Aires, en 1934, consideraba el Continente Americano como una «esperanza» para la Iglesia Universal. Ya nos resulta familiar la expresión: «América Latina, el Continente de la Esperanza». ¡Con cuánta frecuencia la hemos oído repetida en Aparecida y en los varios congresos misioneros! Pues bien, en esa Carta, Pío XII, con un tono que expresaba un profundo deseo y a la vez la voluntad de que fuera profético, entre lo demás, les escribió a nuestros obispos reunidos: 

«Alimentamos en nuestro corazón que dentro de poco América Latina pueda hallarse en condiciones de responder, con vigoroso empuje a la vocación apostólica que la Providencia divina parece haber asignado a este gran Continente, de ocupar un puesto destacado en la nobilísima tarea de comunicar también a otros pueblos en lo futuro, los ansiados dones de la salvación y de la paz» (AAS, 1955, 539-544).

En 1962 se dio comienzo al acontecimiento religioso decisivo del siglo XX: la apertura del Concilio Vaticano II, cuyas constituciones y decretos relegaron al olvido los frutos del caminar anterior del Episcopado Latinoamericano e, inclusive, las conclusiones de la I Conferencia General de Río de Janeiro. Los intereses pastorales y teológicos viraron y tomaron otras direcciones. Siguieron los años del vuelco producido por la especulación francesa, belga, alemana, suiza…

Esa fue la atmósfera en que se desarrolló la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín, Colombia, durante agosto de 1968. La Asamblea fue pensada y proyectada como un intento de «repensar» el Concilio Vaticano II desde América. Sin embargo, de hecho, se realizó una labor reduciendo la atención fundamentalmente a la Constitución Pastoral Gaudium et spes (GS) y a la encíclica de san Pablo VI, la Populorum progressio de 1967. Y tales documentos fueron leídos desde una fundamental preocupación por los «signos de los tiempos».

Aunque en el documento final de Medellín, encontramos expresiones que dieron origen al amplio tema y al difundido uso de la afortunada expresión, Nueva Evangelización, no encontramos ninguna referencia a la misión ad gentes. El Decreto Ad gentes, votado y aprobado el mismo día de la Gaudium et spes (7-12-1965) como que pasara –desafortunadamente­­– desapercibido.

2. América Latina evangelizada y evangelizadora: Del mismo título de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, «La Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina», celebrada en Puebla, (México), en 1979, comprendemos que nuestros Pastores se proponían una atenta referencia a la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (EN), de 1975, de san Pablo VI.

Desde los primeros números del Documento de Puebla, nos encontramos con las afirmaciones «clave» de aquel documento de San Pablo VI, que sigue siendo el documento del Magisterio pontificio aún hoy, más citado.

Para lo que más nos interesa aquí, baste este texto que nos resulta programático: «Evangelizar es la misión esencial, la vocación propia, la identidad más profunda de la Iglesia, a su vez evangelizada» (EN 14). «Enviada por el Señor, ella envía a su vez a los evangelizadores a predicar, no a sí mismos o a sus ideas personales, sino, un Evangelio del que ni ellos ni ella son los dueños o propietarios absolutos para disponer de él a su gusto» (EN 15). Evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino, profundamente eclesial… un acto de la Iglesia (cf EN 60).

San Juan Pablo II en su discurso inaugural mostró con toda claridad el camino que debía seguir aquella gran Asamblea, y se lo indicaba a partir de las luminosas y profundas reflexiones de la EN de San Pablo VI.

Sin embargo, creo que el «salto cualitativo» que se dio con relación a la misión ad gentes, no se hubiese dado sin el aporte específico y valiente de monseñor R. Aubry, en aquel tiempo Vicario Apostólico de Reyes en Bolivia.

En noviembre de 1974 fue nombrado Ppresidente del Departamento de Misiones del CELAM (Demis), cargo que desempeñó hasta 1979. Al coincidir este tiempo con la preparación de la Conferencia de Puebla, fueron muchos los estudios en que tuvo que intervenir desde este Departamento, por razón del tema de la misma Conferencia: «La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina».

Tenemos así que el capítulo segundo de la segunda parte del Documento de Puebla, ¿Qué es evangelizar?, se presenta como transversado por los términos «universalidad», «universalismo”. El Evangelio es para todos los pueblos, todos tienen derecho a recibir la Buena Nueva que Cristo trajo al mundo y para el mundo entero.

Se llegó así al afortunado y conocido número 368: «Finalmente ha llegado para América Latina la hora de intensificar los servicios mutuos entre Iglesias particulares y de proyectarse más allá de sus propias fronteras, ad gentes. Es verdad que nosotros mismos necesitamos misioneros. Pero, debemos dar desde nuestra pobreza. Por otra parte, nuestras Iglesias pueden ofrecer algo original e importante, su sentido de la salvación y de la liberación, la riqueza de su religiosidad popular, la experiencia de las Comunidades Eclesiales de Base, la floración de sus ministerios, su esperanza y la alegría de su fe. Hemos realizado ya esfuerzos misioneros que pueden profundizarse y deben extenderse».

Con gusto y dando gracias a Dios, Señor de la Vida y de la Historia, reconocemos la fuerza profética y el impacto histórico del compromiso misionero universalista de Puebla. Finalmente, lo que podía ser un sueño todavía lejano del papa Pío XII cuando escribía a los obispos reunidos en Río de Janeiro, en 1955, ya se había formalizado en abierto compromiso de parte de toda la Iglesia latinoamericana. Es indiscutible que, a partir de él, ha arrancado un nuevo impulso de animación misionera en América Latina… Más y más toma fuerza la conciencia de que la Iglesia está en la historia de este mundo, de todo él, con la misión de evangelizarlo.

3. ¿Lo inolvidable en un Documento olvidado? Es innegable la afirmación que la dimensión misionera y, más específicamente ad gentes, permea completamente el Documento de Santo Domingo. Allá (1992) el término «misión» no cabe que sea entendido de una manera restringida.

Las situaciones de la Evangelización que el Papa san Juan Pablo II había presentado en su encíclica Redemptoris Missio (1990), son totalmente interdependientes. El término misión ahí, estrictamente entendido, se refiere a la misión ad gentes

Recordando el Decreto Ad gentes, el Papa subraya que, una es la misión evangelizadora de la Iglesia, pero las circunstancias de los ámbitos humanos y espacios geográficos (especialmente históricos) crean distinciones que es necesario mantenerlas (cf Santo Domingo, realidad y esperanza misionera, DEMIS, Bogotá, 1993, 7-8).

El tema misionero ad gentes no puede, por lo tanto, desligarse de las situaciones pastorales o de nueva evangelización de las propias comunidades, con sus específicas situaciones internas.

Desde la encíclica Redemptoris Missio (RMi), reafirmada plenamente por nuestros pastores en Santo Domingo, la misión ad gentes queda dentro del marco de la Nueva Evangelización, nueva en el ardor, en el método y en las expresiones.

En Santo Domingo se contempló a la Iglesia particularmente como Misterio-Comunión-Misión, y así se logró entender y evidenciar la acción evangelizadora del Espíritu Santo, como la misma RMi lo había enfatizado, sobre la Iglesia impulsándola a la misión ad gentes, a la Nueva Evangelización y a la Actividad Pastoral.

Este enfoque ha permitido que el documento de Santo Domingo, o mejor, nuestros pastores allá reunidos, dieran dos importantes pasos en relación con la misión ad gentes.

El primero, de la misión como algo que inquieta la realidad interna de las Iglesias locales o de los diferentes países, con sus propios desafíos, hacia una misión ad gentes más allá de sus propias fronteras.

Es verdad, como ya vimos, el Documento de Puebla dio el primer paso, pero en Santo Domingo, ese se convierte en una característica y en un compromiso típico, propio de la Nueva Evangelización a la que se ha querido comprometer toda la Iglesia Latinoamericana.

El segundo: de la visión de la misión ad gentes como algo para «especialistas» (digámoslo así), es decir, propia y exclusiva de algunos grupos, como serían las Comisiones Episcopales, las Órdenes y Congregaciones con carisma misionero específico, las Obras Misionales Pontificias, los Movimientos Laicales Misioneros, etc., en quienes recaía casi exclusivamente la responsabilidad misionera, a una visión amplia, generosa, universal, verdaderamente eclesial y católica. Es todo el Pueblo de Dios el que tiene la responsabilidad misionera, que nace del bautismo.

Todos tenemos presente lo que cabe considerar como la «columna vertebral» de la V Conferencia (Aparecida, Brasil del 13 al 31 de mayo de 2007), a saber, la apremiante invitación a cada creyente a ser y a vivir como discípulo y misionero de Jesucristo, tratándose de una invitación urgida también por el actual y desafiante cambio de época.

El mismo Santo Padre, Benedicto XVI en su muy esperado y apreciado discurso inaugural, nos lo enfatizó, afirmando: «discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo, que sólo Él nos salva» (3).

El documento conclusivo, al hablar del proceso de formación de los discípulos misioneros, propone cinco aspectos o momentos de tal formación: el encuentro con Jesucristo, la conversión, el discipulado, la comunión y la misión. De esta última, dice: «el discípulo a medida que conoce y ama a su Señor, experimenta la necesidad de compartir con otros la alegría de ser enviado, de ir al mundo a anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado, a hacer realidad el amor y el servicio en la persona de los más necesitados, en una palabra, a construir el Reino de Dios. La misión es inseparable del discipulado, por lo cual no debe entenderse como una etapa posterior a la formación, aunque se realice de diversas maneras de acuerdo a la propia vocación y al momento de maduración humana y cristiana en que se encuentra la persona» (278).

Es un texto «esperado» y prometedor en cuanto que considera a todo discípulo como un enviado y nos hace recordar la identidad de los primeros elegidos por Jesús: «Los llamó para que estuvieran con Él, para tenerlos en su compañía y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13).

Sin embargo, de hecho, la atención y la preocupación hacia la misión ad gentes, en la gran Asamblea de Aparecida, fue más bien escasa, con el riesgo (así lo creo) de reducirla e identificarla con la actividad pastoral, pero llevada a cabo con renovado impulso, es decir, con lo que llamamos «espíritu misionero» o con lo que San Juan Pablo II prefería llamar el espíritu de la nueva evangelización.

Concretamente, a la misión ad gentes, el Documento de Aparecida, dedica sólo unos pocos textos (aunque creo, que bien logrados). Esperábamos que la Asamblea, en sus distintos grupos, analizara, discutiera y, posiblemente, ampliara el texto propuesto; y, sin embargo, con sorpresa, vimos que el texto pasó a la votación y aceptación final tal y como había sido redactado. Simplemente no hubo la esperada y notable resonancia. Una vez más, las preocupaciones «hacia adentro» absorbieron la atención de nuestros Pastores.

Nos deseamos y pedimos para que, en la próxima Asamblea Eclesial, la misión ad gentes ocupe el lugar que le corresponde. De ella repetidamente se dice y se proclama que es la actividad «paradigmática» de todo lo que la Iglesia se propone y programa para ser la Iglesia de Cristo. En ningún momento podemos olvidarlo: su esencia es la misión o lo que es lo mismo, su fundamental deber, el de anunciar el Evangelio hasta los últimos confines del mundo.