En Baseco, un barrio marginal de la zona portuaria de Manila, las hermanas llevan el amor de Jesús Eucaristía, fuente de vida, a las familias más pobres. Son misioneras de Su Presencia en medio del pueblo, llenando de esperanza la vida de tantas personas que viven sumidas en la más absoluta pobreza.
La vida de las Misioneras del Santísimo, junto a los laicos que comparten carisma y misión con ellas, está marcada por una vivencia eucarística, mariana y misionera. La Eucaristía es el centro de todo lo que hacen y viven, prolongándola en la adoración y en su vida, desde la entrega generosa y alegre. Ellas trabajan cada día en Baseco, para hacer más digna la vida de las personas que sobreviven en condiciones muy precarias. La desnutrición infantil, la insalubridad, la falta de escolarización y las viviendas a veces infrahumanas forman parte de la dura realidad que les ha tocado vivir.
Programa de alimentación y formación
Uno de los proyectos que llevan a cabo las hermanas, es el «Feeding Program», un programa de alimentación y educación para los niños de entre 3 y 10 años. También les enseñan a rezar y a adorar a Jesús en la Eucaristía. Son testigos de cómo la Adoración se convierte para los niños y sus familias en el motor de sus vidas. Muchas historias no contadas quedan en el corazón de Jesús, que les fortalece y anima con su Presencia.

Eucaristía hecha vida en los sencillos
«Uno de los momentos más bellos vividos en nuestra misión, es la celebración de la Eucaristía cada Domingo», – nos cuenta la Hermana Liliam María Taborda Viana -. Y añade: «Qué bello que es ver cómo los niños corren a tomar un baño y a vestir las mejores prendas para participar de la Misa, gritando mientras se preparan: Tara, magmisa tayo! (¡Vamos a Misa!, en tagalo, su lengua nativa)». La alegría del Señor les llena la vida en medio de la pobreza. En el momento de las ofrendas, en una larga procesión hasta el altar, cada familia ofrece al Señor el fruto de su sacrificio y trabajo, (dos noches pelando ajos para vender, o cargando cajas en el mercado de la calle). «Confieso que siempre lloro; viven en la miseria, y dan a Dios lo poco que tienen, como la viuda del Evangelio» (Lc 21, 3-4) – nos comparte la hermana Liliam.
Acompañamiento y escucha
Las Misioneras acompañan el día a día de la comunidad, visitando a las familias, escuchándolas y dándoles mucho amor; ayudan a los que pierden todo cada año por causa de los tifones, tan frecuentes en el país. El simple gesto de dar un abrazo, regalar una sonrisa o cogerles de la mano, es para cada persona una luz de esperanza en medio de su calvario. «Los pobres son mis amigos», decía la Beata María Emilia Riquelme, fundadora de las Misioneras del Santísimo.
Lucy, una de las voluntarias y actualmente líder de la Capilla Santísimo Sacramento, fundada por Las Misioneras, llegó a Baseco hace más de 15 años. Al principio, era una mera observadora de la misión. Pasaba mucho tiempo dentro de su casa. Sumergida en sus pensamientos, y abatida por la tristeza, pelaba ajos desde las 3 de la mañana hasta las 4 de la tarde del día siguiente, para poder venderlos, y sostener a su familia con lo poco que sacaba.
Poco a poco, fue descubriendo que el Amor de Dios era más grande que todos sus sufrimientos, y hoy es una misionera más, miembro de la familia MISSAMI, (religiosas y laicos que comparten vida y carisma), y junto a las demás mujeres de la comunidad, llevan adelante la misión. «Nos sentimos enviadas por Jesús desde la Eucaristía» – afirman. Cocinan para el programa de alimentación, dan clases a los niños, lideran la Eucaristía dominical y preparan a los niños para recibir los Sacramentos.

Esperanza en un Dios providente
En un lugar marginal, donde los recursos humanos parecen agotarse, la gracia de Dios actúa de manera silenciosa y eficaz a través de la fe de los humildes, en la certeza de que, a pesar de la enfermedad, la muerte, los tifones y la pobreza, el milagro de la vida siempre vence.

Cuando alguien recibe un poco más de lo ordinario, lo comparte con sus vecinos, unos a otros se ayudan para poder sobrevivir, y juntos multiplican la esperanza, porque saben que la unión hace la fuerza. Las hermanas, en esta misión de frontera, hacen realidad los anhelos de muchos: sentirse mirados como personas y reconocidos en su dignidad, ser portadores de su fe, de su cultura y de una tradición a la que pertenecen, que muy pocos valoran debido a prejuicios injustos.

El testimonio de las misioneras, entregando su vida cada día por el bien de los más desfavorecidos, nos lleva recordar las palabras del Papa León XIV en su exhortación apostólica Dilexit Te: «El contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos.» (Papa León XIV).
Crédito de la nota: Vatican News.
