«En Corea se habla de 250 mil jóvenes que viven en la calle. Son muchísimos. Y por ellos nos dijimos: si ellos no vienen a nosotros, iremos nosotros a buscarlos». Así nació la experiencia de «Azit», un movimiento que lleva a operadores y voluntarios a las calles de la ciudad para ofrecer a estos jóvenes un camino de recuperación y reinserción social.
Así cuenta a la Agencia Fides su experiencia con los jóvenes de la calle en Corea del Sur el padre Vincenzo Bordo, O.M.I. -o padre Kim Ha-jong, como se le conoce en Corea-, «en una sociedad que cambia rápidamente y en la que surgen continuamente nuevas formas de pobreza». «Creamos el movimiento Azit –prosigue- y somos nosotros quienes salimos en un autobús, desde las cuatro de la tarde hasta las once de la noche, por las calles de la ciudad, para buscar a los jóvenes que viven en la calle. Es la pedagogía de Dios».
«Me estoy esforzando en crear Azit en todas las diócesis de Corea y estaría contento si esta pudiera convertirse en un mensaje para la Iglesia universal. Azit es la metodología de Jesús. Cuando Jesús comenzó su actividad, no construyó una iglesia en Nazaret, sino que salió a los caminos de Palestina para encontrarse con la gente y estar con ella».
Es una de las experiencias recogidas en el libro «Os espero en Seúl», que el misionero de los Oblatos de María Inmaculada presenta en Italia. El libro está estrechamente relacionado con el gran acontecimiento del próximo año: la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), que se celebrará en Seúl en agosto de 2027.
El padre Bordo ha ejercido durante 36 años su ministerio pastoral en Corea, dedicándose a las personas más vulnerables de la sociedad coreana, entre ellas las personas sin hogar, los jóvenes que han huido de sus casas y los ancianos que viven solos. «La experiencia del padre Bordo se entrelaza con la preparación de la JMJ 2027 y con las expectativas ante la llegada a Seúl de jóvenes procedentes de todo el mundo», señala el embajador de Corea ante la Santa Sede, Shin Hyung-sik, organizador del encuentro de presentación. «Esperamos que la Jornada Mundial de la Juventud de Seúl pueda representar no solo una importante ocasión para la visita del Papa León XIV a Corea, sino también una oportunidad para avanzar en la fe y favorecer el intercambio cultural, reuniendo a jóvenes procedentes de todo el mundo».
«El Gobierno coreano -subraya Shin- hará todo lo necesario para garantizar el buen desarrollo y la seguridad de la JMJ, para que pueda convertirse en un momento de encuentro y de intercambio de paz y solidaridad entre los jóvenes de todo el mundo». Y añade: «Junto con la Santa Sede, nuestro Gobierno seguirá aportando su contribución a la paz en la península de Corea, a la paz en el mundo, a la dignidad humana y al bien común».
Para el padre Bordo, la JMJ no puede separarse de la calle ni de las personas con las que uno se encuentra cada día. Ese es, explica, el núcleo de la metodología de Azit: «No esperar a que las personas más vulnerables entren en las estructuras de la Iglesia, sino salir a encontrarlas allí donde viven». El misionero habla de su experiencia con palabras que van más allá de una simple actividad social. «En los pobres, en los ancianos que viven solos, en las personas de la calle, en los jóvenes de la calle, en los voluntarios que se comprometen a servir, allí he visto a Dios, lo he sentido, me he encontrado con Él y Él me ha abrazado».
Entre los muchos encuentros que han marcado su camino, el padre Bordo recuerda uno en particular. «Una noche de enero, en Corea hace mucho frío. Salíamos con las mochilas, con bocadillos y leche, para encontrar a nuestros amigos sin hogar. Recuerdo que una noche había un hombre que se encontraba mal. Le dije: “Siento que estés así”. Y él me respondió: “No, padre, la vida es bella”». «Era un hombre sin hogar que le decía a un sacerdote que la vida es bella. Aquel hombre fue uno de mis maestros. Me ayudó a entrar más profundamente en la vida, a ir a lo esencial».
Esta experiencia ha encontrado una expresión concreta en la Casa de Ana, una iniciativa creada para acoger y acompañar a personas que viven situaciones de vulnerabilidad. «La Casa de Ana es una realidad que atiende a personas de la calle, niños, jóvenes, personas sin hogar y ancianos que viven solos. Hay diferentes programas e iniciativas». Cada día se ofrecen unos 500 menús. «Es una cena para los pobres. Al lado tenemos duchas, peluquería y ropa de primera necesidad».
A lo largo de los años, la «Casa de Ana» ha proporcionado más de tres millones de comidas a los sectores más vulnerables de la sociedad coreana y ha acompañado a miles de personas, ayudándolas a reconstruir sus vidas.
En la segunda planta del edificio se desarrollan otras actividades: «Tenemos un grupo de abogados, un grupo de médicos y un ambulatorio que proporciona medicamentos gratuitamente. Orientamos a quienes buscan empleo y les ayudamos a encontrar trabajo. Tenemos musicoterapia, arteterapia y muchos otros proyectos».
Después está el dormitorio. «En la tercera planta tenemos un dormitorio para personas sin hogar: allí viven treinta personas. Y para ellas, en la cuarta planta, tenemos una pequeña fábrica. El objetivo es ayudar a estas personas a reintegrarse en la vida social». Para los jóvenes de la calle se han creado diez casas de acogida.
Con el paso de los años, la Casa de Ana se ha convertido también en un lugar de formación para la Iglesia coreana. «Durante estos años, más de cien seminaristas han pasado por la Casa de Ana durante tres o seis meses para vivir esta experiencia. Hoy ya son todos sacerdotes».
El sacerdote recuerda el asombro de muchos seminaristas ante una realidad que, durante la formación en el seminario, a menudo permanece distante. «Nos decían: “¿Pero existen estas realidades en Corea?”. Normalmente uno se forma en el seminario, después vuelve a casa y va a la parroquia, mientras que esta es una realidad que queda fuera de esos ambientes».
También numerosos religiosos y religiosas han visitado la Casa de Ana. «Vinieron a conocer esta experiencia y algunos comenzaron comedores como el nuestro. Esta fue una pequeña contribución». Es una sensibilidad que el padre Bordo relaciona también con el magisterio del Papa Francisco. «Lo que aportó el Papa Francisco, su impulso hacia los pobres, nosotros ya lo estábamos viviendo. Por eso vinieron varias personas a conocer nuestra experiencia. Quizá fue una pequeña contribución a una mayor sensibilidad hacia la misericordia».
«En mi opinión -subraya el padre Bordo-, la Casa de Ana tiene dos funciones. La primera es ayudar a los pobres. La segunda es ayudar a la sociedad coreana a tomar conciencia de esta realidad». Cada mes pasan por la estructura unos 1.500 voluntarios. «Cada mes hay un tema de formación para los voluntarios. Estas personas reciben formación en el voluntariado, en compartir, en la fraternidad, en la justicia y en el amor». De este modo, explica el padre Bordo, la caridad se convierte también en una experiencia capaz de transformar a quienes la practican: «No ayudamos solamente a los pobres. Ayudamos también a la sociedad a ver, conocer y compartir la vida de estas personas».
El título del libro, «Os espero en Seúl», contiene una referencia directa a la expectativa ante la JMJ. «Pero contiene también -explica el padre Bordo- otra espera: la de los pobres con los que nos encontramos cada día. El libro tiene ese título porque hay muchas personas que esperan al Papa, que esperan a los jóvenes que vendrán. Pero también los pobres esperan», observa. «También ellos tienen un deseo, una espera».
El padre Bordo lo experimentó de manera especial con motivo de la presencia de la Cruz del Jubileo de los Jóvenes en la Casa de Ana. «Tuvimos la alegría de acoger dos veces la Cruz del Jubileo de los Jóvenes. Una vez la colocamos delante de la Casa de Ana. Preparamos a nuestros huéspedes: casi ninguno era católico, casi ninguno era cristiano». Entonces ocurrió algo que el misionero no esperaba: «Hicimos la adoración de la Cruz, rezamos con cantos. Nuestros jóvenes, las personas de la calle, nuestros pobres… cada uno se acercó a la Cruz, la tocó y rezó durante unos instantes». «Existe un deseo de espiritualidad, de verdad, de un anuncio, de una Buena Noticia», observa. «Por eso creo que la JMJ nos ayudará a todos, también a nuestros amigos que no son católicos y que no tienen nuestra experiencia de fe».
Desde la perspectiva del misionero, la JMJ de Seúl podrá ser, por tanto, también una oportunidad para ir más allá de los límites visibles de la Iglesia: no solo una gran concentración de jóvenes católicos, sino también un espacio de encuentro con una sociedad en transformación y con sus nuevas formas de pobreza. «Os espero en Seúl» se convierte así también en una promesa: la de una Iglesia que no se queda esperando a quienes llegan, sino que, como Jesús por los caminos de Palestina, elige salir al encuentro de la humanidad.
Crédito de la nota: Agencia Fides.
