El Covid-19 se ha convertido en una experiencia que nos acompañará, día a día, a quienes nos toca transitar por este mundo a lo largo del siglo XXI. Será una experiencia que marcará, si no las ha condicionado ya, nuestras vidas y que las cambiará hayamos sido o no afectados por el virus.

Poco a poco nos vamos dando cuenta y vamos asumiendo que ese virus que llegó hace poco más de año y medio se ha ido filtrando en todas las dimensiones de nuestras vidas y va imponiendo formas de vida que nunca hubiéramos imaginado. En el mejor de los casos nos ha ayudado a tomar conciencia de nuestra riqueza y de nuestra pobreza como seres humanos.

Vivimos un tiempo en que un pequeño virus ha hecho caer el telón de un escenario que ignorábamos o que simplemente nos resistíamos a reconocer. No somos omnipotentes y no tenemos todas las riendas de la vida en nuestras manos. Es más, vivimos en una precariedad tan sutil que en un instante todo puede cambiar, sin darnos la oportunidad, ni siquiera, de meter las manos.

Por más que soñemos con volver a la normalidad, lo que significaría volver a lo conocido y a lo aceptable hasta antes de la pandemia, nos damos cuenta de que ya no habrá dicha normalidad y el gran reto se presenta como el desafío para inventarnos como personas nuevas llamadas a vivir en el misterio de la vida como un don, como algo ante lo cual no podemos pretender tener el derecho a exigir.

De repente la vida se nos descubre como un instante que no podemos dejar pasar y que tenemos que abrazar sacándole todo lo que nos quiere dar. No hay tiempos para programaciones, aunque no se vale vivir improvisando, no vale la pena poner el corazón en acumular bienes creyendo que el tener más nos dará mayor seguridad y confianza. No hay lugar para las arrogancias típicas de nuestros contemporáneos que pretenden ser los maestros y señores de todo y de todos. Hoy estamos, mañana quién sabe.

El virus ha llegado y ha contaminado nuestra existencia, no sólo arrebatando vidas, sino también, lo más trágico, sembrando el miedo y obligándonos a renunciar a lo más importante de nuestro ser humanos, el estar juntos, en relación, en comunión los unos con los otros. 

Ha sido muy difícil, y lo sigue siendo, aceptar que para poder garantizar nuestra integridad tenemos que cubrirnos el rostro, tenemos que renunciar al abrazo o al siempre apretón de manos que nos permite expresar que somos para los demás y que somos únicamente con los demás.

Este virus, y muchos otros que llevamos dentro, nos está enseñando que ya nada será igual, que hemos tocado fondo y se nos está dando una oportunidad para reinventar la vida o simplemente para dejarla fluir, como tendría que haber sido desde hace mucho tiempo, desde que empezamos a olvidarnos que estamos en este mundo de paso y que no podemos olvidarnos de los demás. 

Se nos está dando la oportunidad de reconocer humildemente que nuestra vida es algo que recibimos por la bondad de un Dios que sigue apostando por nuestra felicidad y que sigue creyendo en el valor de nuestra libertad.

En este contexto surge la pregunta, ¿qué misión nos toca vivir en tiempos de Covid-19?

Lo que ha sido la misión hasta nuestros tiempos

Obedeciendo al mandato de Jesús, durante muchos años, por no decir desde siempre, hemos vivido la misión como respuesta a aquellas palabras de Jesús que dicen: «vayan y hagan discípulos míos a quienes acogen el anuncio del Evangelio». Se trata, por lo tanto, de ponerse en camino y manos a la obra. Se podría decir que se ha identificado la misión con un «quehacer» que necesariamente ha exigido ser emprendedores, creativos y hasta cierto punto productores de resultados.

Las misiones más florecientes han sido aquellas en donde se ha logrado poner en pie grandes estructuras de desarrollo humano y en donde han surgido comunidades vigorosas y bien organizadas, comunidades sólidas y consolidadas.

En este modelo de misión lo que ha prevalecido es la capacidad de hacer y para ello no se escatimaron recursos humanos y materiales, personal y medios económicos, con el riesgo de confundirse con una gran empresa que, en el mejor de los términos, estaba destinada a producir buenos cristianos. Sin embargo, podemos decir que también en la realidad misionera de todos los tiempos no han faltado los grandes testigos que se han preocupado más por «ser misión» y menos por «hacer misión».

Muchas misiones han sido el fruto de la entrega silenciosa y anónima de muchos misioneros y misioneras que lo han dado todo, que han dejado sus vidas en los rincones más apartados de nuestra humanidad, con el único deseo de ser vida entregada para alegría de los demás. Han sido el grano sembrado en tierra buena que ha dado y sigue dando mucho fruto.

El mundo en que nos toca vivir la misión hoy

No es un misterio, ni un secreto para nadie, que hoy nos toca vivir la misión en un mundo que está en plena transformación y, en cierto modo, en crisis. Es un mundo, al menos el nuestro occidental, que se aleja velozmente de sus raíces cristianas y en donde el valor de lo religioso está en caída libre.

Vivimos en una sociedad en donde se pretende sacar a Dios de lo ordinario y de lo cotidiano de nuestras vidas. Se vive frenéticamente un presente que no logramos controlar y se trata de negar un futuro que no sabemos cómo será.

Hablar de eternidad, de entrega total, de sacrificios y de renuncias se convierte en algo intolerable a los oídos de nuestros contemporáneos, pues se ha exaltado el «yo» a niveles que rayan en la idolatría y en la negación de la verdad más profunda de lo que en realidad somos. Queremos vivir todo e inmediatamente, no toleramos y nos crea conflicto el tener que mediar con el tiempo y con el vaciarse de uno mismo. Lo que se impone es el aquí y ahora, muchas veces vivido en una superficialidad que nos hace pasar al lado de lo realmente importante en nuestras vidas.

El ser humano pretende atribuirse con toda arrogancia el derecho a decidir sobre lo que es y lo que podría ser y busca establecerse como el centro de todo y de todos. La gran tentación es pensar a los demás solamente en función de nosotros mismos, de nuestros intereses y caprichos.

Pero hay que decir que también existen quienes nos enseñan que la grandeza del ser humano está en la humildad que lleva inscrita en su corazón y que lo mueve a la confianza, a la esperanza y al amor, por tanto, a reconocer que no existe para sí y que hay Alguien que lo mueve para no quedarse atrapado en lo inmediato de su tiempo, de su querer y de su soñar.

¿Qué misión en este mundo?

La misión que nos toca vivir en este mundo de hoy seguramente es una tarea que nos obliga a ser más testigos y menos protagonistas. Testigos de Alguien que vamos encontrando en nuestro caminar, muchas veces marcado por obstáculos y dificultades, por debilidades y por caídas, por incoherencias y por infidelidades. 

Testigos muy humanos que se van descubriendo con una vocación que los empuja a descubrir en sus historias la huella de Dios que los invita a entrar en su mundo, a ir caminando de lo humano a lo divino.

Somos llamados a ser testigos del Señor que vino entre nosotros para ocuparse de los necesitados, del Señor que se hace médico para los enfermos, que cura y cuida a los lisiados, que sana las heridas de los maltratados, que salva a los pecadores, que reintegra a la vida a los esclavos y a los marginados. 

Somos llamados a ser testigos de Jesús, quien se manifiesta como fuerza para aquellos que se sienten cansados y agobiados, como aliento para quienes pueden sentir la fuerte tentación de quedare sentados al margen del camino, como ánimo y valentía para quienes pueden sentirse perdidos y atrapados en el miedo o simplemente desamparados.

La misión de hoy es para quienes acepten ser testigos de una santidad que se va forjando en la pobreza y en la miseria de nuestras vidas, en la entrega silenciosa y humilde que permite simplemente que Dios sea en nuestras vidas. Que da la posibilidad de que se manifieste en la debilidad humana, en donde se revela la grandeza y el poder de Dios.

Es la misión que nos pide que nos contentemos con ser presencia discreta de un Dios que sigue queriendo entrar en nuestra historia sin exigir nada, sin forzar nada, sin obligar a nada. Es una misión que nos pide que nos reconozcamos en las manos de Dios y que aceptemos que es él el único protagonista de nuestro presente y de nuestro futuro. Es él que está siempre a la obra, el que está siempre con nosotros.

La experiencia del Covid-19

Este virus que llegó tan inesperadamente a nuestras vidas nos está dando una lección y nos está obligando a tomar conciencia de que la misión del futuro ya no podrá ser la que hemos conocido hasta hoy.

Seguir apostando a un modelo de misión en donde queremos seguir estando al centro, como protagonistas y salvadores de los grandes dramas que vive nuestra humanidad, eso simplemente no tiene futuro.

Querer que se vuelva a la normalidad para poder retomar nuestras actividades, nuestros proyectos y nuestras programaciones, como si nada hubiese sucedido, eso hay que decirlo claro, ya no será posible. La misión de los próximos años tendrá que ser reinventada en sus formas, en sus estilos, en sus estrategias, en su espiritualidad, en todo.

Seguir apostándole, por ejemplo, a un modelo de misión tan dependiente de los recursos materiales y económicos no tiene futuro y corre el riesgo de formar misioneros aburguesados e incapaces de vivir la entrega gratuita de sus vidas a la misión y a través de ella a los demás, a los más pobres y abandonados, como soñaba san Daniel Comboni.

El Covid-19 nos ha hecho ver lo frágiles y dependientes que somos. Nos ha puesto de frente a lo efímero que pueden ser nuestras vidas y nuestros proyectos. Nos ha dado la oportunidad de tomar conciencia de cuánto es verdad que estamos en las manos de Dios y que todo en nuestras vidas es gracia y fruto de su misericordia.

La pandemia ha venido a enseñarnos que tendremos que renunciar a nuestros sueños triunfalistas y a vivir nuestro compromiso con el Evangelio de una manera más modesta y discreta. Tenemos que aceptar con un corazón sereno que no habrá más parroquias repletas de fieles, que la descristianización de nuestros pueblos aumentará, que los valores espirituales seguirán siendo despreciados por muchos, que nuestra propuesta del Evangelio en muchos lugares tendrá como respuesta aquello que los griegos le contestaron, muy diplomáticamente a Pablo: «sobre eso te escucharemos en otra ocasión».

El Covid-19 ha venido también a mostrarnos una fotografía de nuestra realidad de cristianos que tal vez durante mucho tiempo no queríamos contemplar de frente. Hoy nos damos cuenta de que vivimos en una Iglesia urgida de evangelización, en donde es necesario recuperar los valores de la comunidad, de la pasión por el conocimiento de la Palabra de Dios, de la alegría de sentirnos depositarios del Evangelio, de la solidaridad con los más pobres y marginados.

Nos damos cuenta del tesoro que se nos ha confiado y no dudamos que el don más bello que hemos recibido es la gracia de la fe. Tener a Jesús entre nosotros es lo que nos permite reconocer qué es lo que le da sentido a nuestras vidas y nos mueve a no quedarnos sentados, como simples observadores de una posibilidad de vida que es única.

El Señor ha querido compartir su misión con nosotros y en lo profundo de nuestro ser sentimos el impulso que nos mueve a llevarlo hasta los confines del mundo.

Vivir en medio de la pandemia sabemos que no puede ser un pretexto para renunciar a nuestro compromiso bautismal que hace de nosotros anunciadores del Evangelio; al contrario, nos damos cuenta de que hoy muchas personas necesitan de ese anuncio.

¿Cómo vivir nuestra responsabilidad misionera? Es la pregunta que sigue dando vueltas en nuestra cabeza y en nuestro corazón.

En primer lugar, tenemos que ser testigos de Jesús a través de un estado de vida que nos acerque a los demás con actitudes de bondad y de fraternidad. Los nuestros son tiempos en que podemos vivir la misión a través de la oración, haciéndonos intercesores de quienes sabemos que sufren y viven el drama de la enfermedad.

La misión ha sido siempre un camino abierto a la solidaridad y al compromiso ante las necesidades de los demás. En este tiempo podemos ser una mano abierta para dar y para recibir las bendiciones que se dan en el encuentro con los demás.

Finalmente, la pandemia nos brinda la oportunidad de ser signos de esperanza para un mundo cansado y probado por tanto dolor y por tanto sufrimiento; por la experiencia de la violencia y lo irremediable de la muerte. Somos llamados en esta realidad a caminar siendo signos de optimismo, de entusiasmo y de confianza, pues hemos puesto lo que somos en el corazón de Dios, en el corazón de Aquel que es Dios de vivos y que nos recuerda continuamente que sólo él tiene la última palabra.

Estamos en las manos de Dios y él no nos abandonará.

P. Enrique Sánchez G. Mccj