Dignidad y autonomía para mujeres en tierra hostil

Dignidad y autonomía para mujeres en tierra hostil

La asociación Gouna Tiere de Tombuctú (Malí) gana el Premio de Tierra de Mujeres de la Fundación Yves Rocher por su proyecto de reciclaje de plásticos.


Son 40 mujeres que viven en el barrio de Hammabangou de Tombuctú, liderando a entre 25 y 30 personas en cada uno de los ocho barrios de la ciudad (en total más de 200 personas) para que la recolección y concienciación sea constante. Han marcado varios puntos fijos de recogida donde los ciudadanos saben que los plásticos que aporten serán pesados y enviados al almacén central, en el que serán clasificados y destinados a la fabricación de esculturas o a la construcción de adoquines.

Representadas por Haoua Touré, trabajadora social, experta en nutrición y madre de cinco hijos, recogieron el pasado 25 de mayo en Madrid el primer premio de la V edición de los Premio de Tierra de Mujeres de la Fundación Yves Rocher, que lleva 20 años destacando «el trabajo de mujeres anónimas y comprometidas con la conservación de la biodiversidad y las causas sociales».

Haoua Touré el día de la entrevista con la escultura en plástico del Gran Farouk. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

Gouna Tiere comenzó oficialmente su andadura en 2015, aunque sus fundadoras empezaron a inquietarse por la degradación de su entorno mucho antes. La «crisis de 2012», como la califica Touré sin entrar en detalles si no se le pregunta, les obligó a abandonar sus casas. «La situación era muy difícil y tuvimos que dispersarnos. Pero en 2013, con la llegada de los contingentes militares de Francia, la gente regresó y encontró el desastre, las casas saqueadas, la ciudad destruida». Esa situación fue la que les dio la fuerza para organizar la primera Jornada por la Salubridad.


¿Han recibido un premio importante para el proyecto?

Sí, porque significa que participamos con otras mujeres del mundo en una actividad relacionada con el medio ambiente. Con este premio podremos avanzar en la mejora de las condiciones de trabajo porque estamos en condiciones muy precarias. En el local que nos ha cedido la Administración, al estar a unos kilómetros de la ciudad no tenemos electricidad ni agua. Hace diez años sufrimos una crisis política y de seguridad en todo Malí… se perdió la paz, a la gente le preocupaba la entrada en una guerra, pero nosotras poníamos el foco en el medio ambiente, porque donde hay inseguridad y guerra, hay contaminación.

¿Podrán resolver los problemas básicos de la asociación con esta aportación económica?

Haremos lo que podamos, para lo que nos llegue el dinero. Y seguiremos trabajando duro en la acción de incidencia, participando con la comunidad y a la espera de lograr nuestra independencia y autonomía financiera, para auto-gestionarnos.

Fotografía: Fundación Yves Rocher.
¿Malí sigue en crisis diez años después del enfrentamiento con los yihadistas en el norte?

Sí, está más en crisis que nunca. Hace un año hubo un golpe de Estado militar, y luego otro. Nos gobierna una autoridad de transición, la crisis está ahí, y por el momento no se ha encontrado una solución. Naciones Unidas permanece para aportar estabilidad, pero en las ciudades siguen registrándose ataques y secuestros a diario.

¿Fue difícil el reencuentro?

Nosotras somos del barrio de Hammabangou. Cuando fuimos regresando, después de que se retomara el control sobre la ciudad, nos fuimos encontrando de nuevo, y así creamos Gouna Tiere (que en lengua shongay significa «reencuentro»). Gracias a Dios pudimos volver a encontrarnos.

¿Cómo vivió usted lo ocurrido en 2012?

Fue muy difícil. Tenía a mi familia con dos niños de siete y nueve años, y tuvimos que abandonar la ciudad. Nos fuimos a Bamako hasta 2014. Vivíamos al día, como todos los refugiados. Nos sentíamos perdidos. En Tombuctú realizaban ejecuciones y las mujeres debían llevar el velo completo, el burka. Si te encontraban en la calle sin el burka te pegaban. Las mujeres no podían ir solas y si alguien robaba le cortaban la mano. Cada día llegaban noticias de los ataques y teníamos mucho miedo.

Fotografía: i4Africa
¿Y en 2015 se estabilizó la situación?

Sí, regresaron las organizaciones no gubernamentales, vinieron los militares, los yihadistas salieron de la ciudad que quedó vacía y sucia, regresamos a nuestras casas y, a pesar de su estado, estábamos contentos por estar de vuelta.

¿Cree que la situación volverá a agravarse con la salida de los militares franceses y canadienses?

No hay seguridad. El problema entre los grupos armados y los yihadistas de 2012 continúa. La única diferencia es que los asaltantes no están instalados en la ciudad y se ha retomado, en teoría, la autoridad estatal y de los líderes comunitarios. Ahora hay cierta estabilidad, les han hecho retirarse a sus escondites y la ciudad vuelve a pertenecer a los autóctonos. Puedes vivir tranquila en tu casa, pero no puedes viajar porque te atacan. Ahora el problema son los jóvenes malienses adoctrinados, que vienen, atacan e imponen su ley y bloquean el desarrollo.

Es una situación inestable…

Hoy en día, incluso, una parte de la población prefiere el juicio de los yihadistas al oficial de las autoridades. La gente no se siente protegida por la policía. Es una justicia paralela. Hay gente que aunque tenga que recorrer 30 o 50 kilómetros en moto o en otro vehículo para contarles lo que les preocupa, lo hacen, y son ellos los que convocan a la otra parte. Y si esa persona no responde, envían a alguien para obligarle a hacerlo.

Entonces, ¿siguen siendo la autoridad?

Sí, sin duda.

Fotografía: i4Africa
¿Por qué empezasteis con el reciclaje?

Nos planteamos la necesidad de organizar la Jornada de Salubridad. Y al regresar lo retomamos. En 2016 viajé a Portugal y España, y con mi vieja amiga Irene López de Castro nos inventamos una actividad que se llamaba «Tombuctú bella», en la que competían los barrios en limpieza. Recogimos más de 12 toneladas de desechos en un solo barrio durante tres meses. Al hacer la evaluación de la actividad nos dimos cuenta de que el 80% de la basura era plástico y pensamos: si lo quemamos es contaminante y si lo dejamos en la tierra no se va a degradar. Por eso, empezamos a trabajar en un Tombuctú libre de plásticos. Continuamos en 2018, mostrando a la gente que era posible vivir sin plásticos en las calles, acumulando lo recolectado en nuestras casas. Luego nos acercamos a los artistas y decidimos conjugar la acción con nuestra cultura.

Así surgieron las figuras de camellos, piraguas y Al Farouk…

Según la tradición, cada año los camellos hacían una caravana para venir desde el norte hasta Tombuctú con especias, sal y otros productos. También las piraguas llegaban por el río Níger cargadas de polvo de baobab, karité, telas y cereales. Tombuctú se simboliza con el monumento del gran  Farouk… A través de esta cultura popular sensibilizamos a la sociedad para mantener la ciudad limpia. Hicimos 13 esculturas de camello, que superan la altura de una persona, al gran Farouk, y de las piraguas. Y el plástico que no puede usarse para las figuras lo fundimos para fabricar adoquines para pavimento.

Fotografía: i4Africa
¿La ciudad está más limpia?

Es difícil de decir, porque la ciudad produce diez toneladas de desechos de plásticos al día, y la gente trabaja en la asociación solo en su tiempo libre.

Pero, la población está más sensibilizada…

Sí, hemos llegado a la población, pero el cambio de comportamiento aún no se ha producido. Eso es lo más complejo. 

¿Qué se tendría que hacer?

Aumentar las actividades concretas, quizás en las escuelas, implicar a los profesores para que lo incluyan en la educación de base y de forma indirecta llegue a los padres en la casa. Con competiciones y pequeñas motivaciones…

Fotografía: i4Africa
Usted ha trabajado mucho por el empoderamiento de la mujer en la sociedad ¿Por qué siguen sin estar en puestos locales de autoridad?

Existe un compromiso de las mujeres en la vida social, política y cultural de la ciudad, están ahí y quieren un lugar, quieren ser escuchadas, pero al mismo tiempo deben ser autónomas y tener una independencia. Aunque lleguen a puestos de responsabilidad, carecen de la educación necesaria. Algunas de ellas son buenas, pero no han tenido la posibilidad de acceder a la escuela cuando eran pequeñas. Queremos que se impliquen las jóvenes que sí que han disfrutado del acceso a la educación.

¿Cuáles son los obstáculos?

Aunque muchas quieren implicarse, no saben leer ni escribir o no tienen los medios financieros para hacer una campaña. Además del punto social, que llega poco a poco, con el cambio de comportamiento de los líderes religiosos y tradicionales.

¿Son más cerrados?

Sí, ven mal que las mujeres se presenten ante los hombreS y empiecen a hablar, porque creen que debe quedarse en casa, cuidar de la familia, mantener la tradición. Pero hay que invitarlas a las grandes reuniones, escucharlas, para que al menos puedasn transmitir la información. El cambio de comportamiento para que acepten que ellas también pueden, que los hombres hagan ese esfuerzo para que las mujeres se involucren, no ocurre.

¿Por qué?

Es la herencia, está en su sangre, en su cultura. Incluso aunque puedan pensar otra cosa, no es fácil. Se necesita tiempo para cambiar esos comportamientos, incluso aunque en casa la situación sea diferente.

¿Necesitan la ayuda de la comunidad internacional para que la asociación se desarrolle?

Sí, para las acciones importantes y para adquirir las máquinas, porque cada tipo de reciclaje necesita una. La alcaldía nos ha dado un local, lo baños y tres triciclos que no podemos utilizar porque el acceso al lugar donde reciclamos está lleno de arena. Necesitamos un vehículo más potente. Nos cansamos mucho al tener que subir a pulso los desechos a lo largo de últimos 500 metros para llegar al local que están cubiertos de arena. También para la comercialización de los adoquines, porque los primeros 8.000 los pusimos en el tribunal para que la gente los viera. era una forma de sensibilizar. El año pasado hicimos otros 4.000 y en lo que llevamos de 2022 ya contamos con 5.000 gracias a las máquinas . Es un trabajo muy duro.

Fotografía: Gouna Tiere
Un trabajo duro que la sociedad sí que os permite hacer a pesar de ser mujeres.

Es como limpiar la casa pero trasladado a un espacio más grande. Mantener limpio el barrio, el espacio público, corresponde a las mujeres en nuestra sociedad. Son actividades de limpieza. Y lo cierto es que cuando fue creciendo la organización perdieron el control sobre nosotras y ahora tomamos nuestras propias decisiones, como únicas responsables.

Usted logró estudiar y formarse, ¿qué le gustaría transmitir a las mujeres de su entorno?

No tuve medios para hacerlo, no fue eso lo que me permitió acceder. Lo que me ha traído hasta aquí ha sido mi compromiso personal, mi personalidad. He tenido una vida muy difícil. Estudié hasta Secundaria, me casé con alguien no muy estable, que estaba siempre fuera y me dejaba con los niños. Pero soy una persona luchadora. Creo que los hombres no pueden ser un obstáculo para que las mujeres avancen. Si no están ahí para ayudar, debemos continuar luchando. Cuando nos centramos en nosotras esperando a que el hombre traiga dinero o encuentre trabajo para vivir, es un problema. Les diría a las mujeres que mantengan la sangre fría, que sean valientes y crean en ellas mismas, porque solo deben contar con ellas.

Haoua Touré el día de la entrevista. Fotografía: Javier Sánchez Salcedo

Por: Mundo Negro

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